La bella Malinas

“Parcero, es mAchelen o mEchelen?” pregunté con cierto escepticismo, ya que había escuchado varias veces, al crecer, la historia de cómo la TíaViajera había ido a dar a otro pueblo en Alemania que no tenía nada que ver con el que tenía en su itinerario de cuenta de una T que había desaparecido misteriosamente del nombre, haciendo que ambos pueblos se llamaran básicamente igual.

“No, fucking Europe parce” fue la respuesta de Juli, mientras soltaba una carcajada. Era MEchelen. Ese sábado, iríamos a Malinas.

Comenzamos llegando a la estación de buses. Debido a trabajos en la vía, no podríamos salir directamente en tren; pero no en estos casos no hay problema: SNCB pone a disposición buses provisionales que van a la estación más cercana (en nuestro caso, Ottignies) para facilitar el acceso.

De ahí, tren a Bruselas (nos bajamos en Brussels Nord) y, de ahí, tren a Malinas. Cero difícil y, como muchos lugares en Bélgica, está a 2 horas en tren del pueblo. Bélgica es uno de aquellos países que son fáciles de recorrer en tren.

Llegamos a Malinas, y caminamos hacia el Grotmarkt, la plaza de mercado. Como era sábado, era su día, por lo que pudimos ver una plaza en toda la vida, ventas de tulipanes incluidas. Pegada a ella queda la Catedral de San Rumoldo, con su imponente torre, cuyos 538 escalones subiríamos en un momento.

Primero, dimos una vuelta por el mercado, comimos, dimos una vuelta por el beguinario de la ciudad, y entramos al palacio de Margarita de Austria. Quedé con la sensación de que en Malinas todo es pequeño y bonito. Luego, nos encontramos con una amiga, para entrar a la torre y conocer el famoso carrillón de Malinas. La ciudad es la capital belga de este tipo de música -la que se toca con las campanas de iglesia- y tiene una de las escuelas más famosas del mundo, por lo que cada verano desde hace al menos 150 años dan conciertos de este tipo.

Después de tomarnos un café que todos preferimos olvidar, enrumbamos a la Catedral de San Rumoldo para subir a la torre. Subimos -unos con más facilidad que otros- los 538 escalones, hasta que llegamos al carrillón. Ahí se hizo la magia: ver el carrillón antiguo dando la hora me dejó admirada, y me exacerbó la curiosidad al nivel de una niña de cinco años. Luego, subimos un poco más, hasta llegar al carrillón moderno. Y la amiga que nos guiaba nos dejó no sólo tocar una tecla -una campana!- del carrillón, sino además escuchar su práctica para el concierto. Practicó, con nosotros boquiabiertos, admirados, agradecidos y apiñados detrás, un fragmento de una pieza de Tchaikovski llamada “Junio” en honor al mes de los conciertos de carrillón.

Volvimos a subir, y llegamos a una pasarela, desde la que pudimos -para nuestra sorpresa- ver al fondo el Atomium y los edificios de Bruselas. Yo sí sabía que Bélgica era plano y pequeño, pero haber visto esto es llegar a un nuevo nivel de interiorización.

Como el tiempo ya se iba acabando -y de paso se iba dañando- decidimos que sería mejor acortar nuestra estancia en la ciudad. Volvimos a la estación de trenes, para devolvernos hacia el pueblo.

Les comparto algunas fotos en este enlace:

https://photos.app.goo.gl/WdmB5ZVoxUUu5rEe9

This entry was published on March 30, 2022 at 9:00 am. It’s filed under Diario de Viaje and tagged , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

One thought on “La bella Malinas

  1. Es un pueblito encantador! Me hiciste reir al recordar nuestro error en Alemania, que nos privó de conocer RotHembugo, ja, ja ,ja. Afortunadamente ya pude ir.

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